21 jun 2022

escribí esto hace tiempo. la fiebre me lo recordó.

soñé que me quemaba.
atrapaba una bomba en mis brazos,
tuve algún motivo noble.
me incendié desde el pecho hacia afuera,
sentí el fuego consumir la piel de mis brazos,
de mi espalda, de mi cara.
supe que ya no volvería a ser bonita,
que estaría condenada a arrastrar un rostro monstruoso el resto de mi vida.
mi pelo se consumió,
grité con mi garganta muda, incinerada hasta los huesos.

de pronto, las llamas desaparecieron.
donde habían lenguas de fuego, veía los restos de mi piel carbonizada.
me colgaban jirones (¿harapos? ¿carne?) del pecho.
y el dolor.
un dolor tan profundo que no cabe en palabras frías.
un dolor tan abrumador que se convirtió en certeza:
no hay dolor como este. no se vuelve de sufrir así.
y el miedo.
las llamas nunca desaparecen del todo.

desperté en mi cama y parecía imposible que mis sábanas estuviesen tan frías.
me costó aceptar que mi pelo seguía en mi cabeza y que la piel de mis brazos no colgaba, muerta.
volví a dormir y olvidé el miedo al fuego.
pero en la esquina de mi mente yace aún esa certeza:
algo siempre está en llamas.

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