- odio a la gente que no toma. normalmente digo que no confío en esas personas, pero la verdad es que los odio. cuando dicen que no toman en absoluto, con esa sonrisita suficiente de quien nunca ha hecho el ridículo ante desconocidos, me dan ganas de abofetearlos y meterle aguardiente a sus bebidas, a ver qué secretos se esconden detrás de su calculada sobriedad.
- soy una pésima feminista. sé que la maternidad es básicamente una forma de esclavitud moderna y, sin embargo, detesto que mi mamá no sea feliz siendo mi mamá. ya sé que me ama y daría su vida por mí, pero no puedo evitar hacerla sentir mal cuando sale de vacaciones y yo no estoy contemplada. le digo que es cruel, desconsiderada, que envidio a mis amigas que se dan el lujo de no contestar llamadas a sus madres. todo para que se sienta culpable y mágicamente cambie de parecer, como si la vida se hiciera de nuevo y tener hijas no fuese el evento que la encadenó para siempre. parece que soy una hija tirana.
- cuando era chica, disfrutaba aterrorizando a una vecina que era menor que mis amigas y yo. nosotras teníamos 9, quizás 10. ella 6 o 7. le contábamos historias de terror y nos poníamos de acuerdo para fingir que escuchábamos ruidos que hacían los espíritus. alguien se ubicaba bajo la ventana, por fuera, y lanzaba cosas hacia adentro. una vez llegamos tan lejos que la hicimos llorar y se fue corriendo a su casa, que tenía la imagen de una virgen en una ventana. no la vimos nunca más, ni nos arrepentimos.
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un extraño