25 nov 2014

querido diario, otra vez

en algún momento le ofrecí a mi papá ir a dejarlo al terminal. me dijo que no era necesario, que podía irse en micro, que no me preocupara. entonces me lo imaginé en la micro camino a collao, afirmado de una de esas barandas perpendiculares al techo, frías y hediondas a hierro, con su terno, mirando el vacío por la ventana y se me encogió el corazón. me pregunté qué pensaría yo si a las once o doce de la noche me encontrara con un viejo (caballero, lo que sea) así en la micro. probablemente lo miraría con pena, quizá un poco de lástima. pensaría para mis adentros "pobre hombre, debe ir camino a una casa llena de silencio, a comer solo en una mesa para ocho personas". se me hizo un nudo en la garganta. pocas veces he pensado en mi papá como alguien frágil, más bien siempre ha sido solo. su soledad nunca me ha molestado, cuando chica me intimidaba un poco, ahora me parte el corazón. quizá es porque las canas cubrieron el poco pelo que le queda, quizá porque lo he visto llorar un par de veces, no sé. a ratos me gustaría no haber descubierto la calidez que guarda detrás de tanta maña, los miedos que se ocultan bajo todos esos años de modales toscos y exabruptos de ira. la pena que deformó y reconstruyó a medias a un hombre que ha sido expulsado de todas las vidas en que ha querido participar. no se me encogería la guata y podría acostarme sin ningún remordimiento. a lo mejor hasta podría escribir sobre alguna hueá más pretenciosa, qué sé yo.

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un extraño