27 abr 2014

extemporáneo

    Un jueves maldito, un año maldito, viniste a verme en la noche. Tocaste el timbre porque sabías que estaba sola. Cruzaste el umbral de mi puerta agachado y me murmuraste un escueto "hola", como si hubiesen ojos curiosos u oídos extraños, pero sabías que estaba sola.
 
    Apenas te sentaste en el sillón verde, supe que pasaba algo raro. No me mirabas, y tenías una bolsa (de ese género áspero que parece más propio de un saco de papas) a tu lado, asida con fuerza, como si su contenido fuese peligroso. "Necesito pedirte algo", me dijiste. Por supuesto que yo accedí. No abrirla, no preguntar, enterrarla en el patio y no contarle a nadie. Sí, obvio, entendí. Te fuiste con un rápido beso en los labios y nunca más llamaste, ni volviste a mi casa. Durante los meses siguientes, pensé miles de veces en ese beso fugaz, en tu mirada esquiva y tus maneras distantes.
 
    Cuando te fuiste, seguí tus instrucciones al pie de la letra y enterré la maldita bolsa en el patio, debajo de la araucaria que tanto te gustaba mirar por la ventana chica, desde el sillón verde. Esperé que volvieras a buscarla o a explicarme, miré muchas noches por esa ventana, esperando que las luces de los autos fueran tu auto, y que vinieras a buscarme o darme un beso para dormir bien. Así se me fueron abriendo las costillas y se me congeló todo lo que antes era suave y cálido.
 
    Pasaron días, semanas, meses, un año, quizás mil. La araucaria siguió creciendo a su velocidad ajena e implacable, y el umbral de mi puerta ya nunca te vio pasar. Te lloré y te llamé, pasé bajo tu ventana cientos de veces, pero no contestaste ni apareciste. Te evaporaste del mundo y tu partida difuminó todas las líneas que habíamos dibujado. Varias veces pensé en desenterrar la puta bolsa de mi patio, pero sabía que la verdad no me iba a aliviar el implacable vacío del pecho y las tripas.
 
    Hasta que un día, un viernes cualquiera que perfectamente podría haber sido el siguiente a ese jueves de mierda, me llamaste. Querías hablar, pero yo ya no tenía nada que decirte. Me había cansado de gritarle a las sábanas y de escribirte cartas que siempre terminaban incineradas bajo la araucaria. Sin embargo, por curiosidad, estupidez o quizás qué hueá, accedí. Así que lo sientes por no contestarme, así que pasabas por afuera de mi puerta y pensabas en tocar, así que te dolía el vacío grosero que me habías dejado en las entrañas. Bueno, ¿y?. ¿Más encima querís que desentierre esa bolsa de mierda? Y ahora, ¿qué cresta importa? Talaron la araucaria y cambiaron el sofá verde, mi casa volvió a ser un lugar seguro y no el detonante de recuerdos desgarradores en que se había convertido. Lo siento mucho, pero el vacío en el cuerpo ahora sólo me pesa, ya no me duele. Ándate.
 
    Y te fuiste de nuevo. Te costó 4 minutos y quizás cuántas lágrimas prender el motor del auto. Yo te miré desde mi balcón hasta que te perdiste en la esquina, y corrí donde estaba la araucaria a desenterrar la bolsa culiá. La encontré, y la abrí. Y esa masa medio putrefacta, medio sanguinolenta no tiene ninguna pinta de haberme pertenecido, ni de haber llenado alguna vez el vacío indolente y gélido que ahora me ocupa por completo.

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