Tengo ganas de gritarle a alguien, a quien sea. Miles de canciones y palabras atrapadas entre la decepción, la esperanza y la expectación; se me atoran y me hacen perder el equilibrio (literalmente), me emputecen y me ruborizan. Camino de mi casa a la micro, de la micro a la escuela, de la escuela a la central y aunque me cruzo con mucha gente, no me encuentro con nadie. Es como si de noche las cosas encajaran y adquirieran un sentido que durante el día no termino de captar. Parece que durante el día los vivos y los muertos se juntan y conspiran, pero lejos de mí. De noche, desaparece el velo que nos separa y me atosigan con sus miradas acusadoras y palabras bonitas, y ya no sé quién vive y quién no, ni a qué lado pertenezco, pero al menos no me siento tan ajena a todo. Como que busco señales de cordura en el entorno, pero cuando aparecen no sé cómo interpretarlas y todo se vuelve a enredar. A ratos, la pelá me susurra al oído que viene a buscar un nombre, pero después cambia de parecer y me lo deja ahí. A ratos, escuchar música me provoca ganas de bailar y correr en la calle, pero después quiero acostarme y dormir sola. A estas alturas, ya no sé si lo que necesito es paciencia o un cachuchazo (pero definitivamente, no necesito pañuelos).
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un extraño