Él fue un niño como muchos otros. Criado en un pueblo chico, siempre se sintió más a gusta donde abundan los árboles que en las ciudades. Incluso cuando celebrara su cumpleaños número 60, añoraría el silencio del campo, los caballos y la buena mesa que aprendió a amar siendo tan sólo un niño. Toda la vida caminó con lentitud, se tomó su tiempo para afeitarse y se puso perfume en las mejillas. Toda su vida, menos ese día. Ese día lo despertó su papá. "Oye, hay golpe", le dijo temprano en la mañana. "Chuchamadre". Se levantó más rápido que nunca en su vida, o al menos así diría su padre años más tarde. Dejó su casa temprano y partió al lugar acordado, esperando instrucciones que nunca llegaron y armas que quizás nunca existieron. Había que defender al Presidente, decía después.
Durante varios días vivió en la clandestinidad, amparado en lugares a los que probablemente nunca volvió. De las cosas que pasaron en esos días, nunca habló mucho. Una que otra anécdota, entre copas de vino, años más tarde. La verdad quedó en esos parajes oscuros y en la memoria de los que estuvieron con él, esperando. Cuando lo llevaron al Estadio ni se sorprendió, pues corrían rumores sobre lo que les pasaba a los que se llevaban: no volvían o no recordaban (o no querían recordar). Un par de noches en un par de comisarías y ahí estaba, el Estadio. Se cernía como un monumento de miedo.
Tampoco habló mucho sobre lo que pasó en esos días. A veces cuenta que los formaban en filas, para que los perros de los milicos los olieran y les ladraban. A veces dicen que los interrogaban. "¿Te torturaron?" le han preguntado muchas veces, "No" dice él, cortante. Yo no sé. Cuando su mamá por fin pudo ir a verlo, mientras hacía la cola para entrar una vieja al lado le dijo "señora, ¿le trae cigarros a su hijo? "Mi hijo no fuma" dijo ella. "Sí, claro. Quizás no fumaba antes" le respondieron. Tenían razón. Él había dejado de fumar muchos años antes, pero como recuerda "estando ahí, cagado de miedo, sin saber si vay a ver otro día, todos fumábamos". A su madre le encomendó un recado: "pregúntale a ese hueón de mi hermano si está orgulloso de lo que hace su gente golpista, cuéntale lo que ves aquí. Y esto es sólo la superficie". Y así pasaron los días y las noches. De las noches habla más. Dice que dormían todos apoyados unos con otros, espalda con espalda, para no apoyarse en las paredes llenas de caca y quizás qué más. No los dejaban ir al baño, así que todos cagaban ahí mismo. Todavía se acuerda del olor, mezcla de miedo y mierda.
Lo cierto es que lo soltaron, gracias a pituto, suerte, qué se yo. Un día, como a las 4 de la tarde le entregaron sus cosas y le dijeron que se fuera a su casa. "Yo no lo podía creer, mi billetera hasta tenía la plata que tenía antes de que me detuvieran. Así que salí, medio cagao de susto todavía porque pensé que me podían estar siguiendo, pero no pasó nada. Tomé una micro y me dejó en la puerta de la casa. Chucha, ¡nunca había estado tan contento de ver la casa!" dice ahora. Después, se queda un rato callado, le da una piteada a su cigarro y dice con nostalgia "a veces, preferiría haber muerto luchando. Me habrían baleado, pero habríamos defendido al Gobierno y me habría llevado un par de milicos maricones. Por ganas no nos quedábamos". Otras veces se lamenta por los que fueron torturados, dice que ellos sí que tuvieron mala suerte. Y yo todavía tengo mis dudas, quizás él también la tuvo.
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un extraño