
hacía muchísimo calor y no podía dormir, así que decidí cambiar mi vida y limpiar mi escritorio. hacía ya tres años lo tenía como depósito de regalos indeseados, certámenes, aros huachos, boletos de micro, envoltorios de dulces y papeles varios, no demasiado importantes, pero tampoco tan insignificantes como para deshacerme de ellos. primera sorpresa: una carta de cumpleaños, escrita por mi hermana. lloré. después de seleccionar las cosas útiles de las no tanto, vino la segunda sorpresa: carta de navidad de mi madre. así se sucedieron en un desfile de artículos potencialmente lacrimógenos: tarjetas, joyas heredadas, libros dedicados y un par de esas figuritas inservibles que me recordaron los días más lindos de mi infancia. Cuando todo estuvo en orden y pensé que no había más, mi mamá me entregó una cajita que guardaba desde mi infancia, custodia del carnet de mi abuelo, regalos del bautizo de mi papá y una hermosa cadenita, mía. Me acuerdo que cuando era chica, siempre miraba esa caja como si fuera un tesoro, como si hubiera alguna mística lógica en mi mamá, esperando el día perfecto para entregármela. Hoy me sentí así de nuevo y pensé que escribir algo más elaborado sería atentar contra la moraleja del día: me gustan las cartas.
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un extraño