me odia. lo puedo sentir a través de la pantalla. veo su cara de hastío y desprecio cada vez que hablo. sé que huye porque no soporta mi presencia. todo el tiempo me siento expuesta y ese odio tan voraz me lacera la piel como agua hirviendo. no tolera ver mi casa e imaginarlo sentado en el sillón. probablemente le aterra verlo aparecer por accidente en la pantalla. yo quiero decirle que eso nunca va a pasar, no soy tan mezquina. somos buenas personas. de hecho, somos tan cuidadosos en no hacer más daño que nos amarramos y confinamos a la intimidad más privada de mi casa. bueno quizás yo sí soy mezquina porque me gustaría dejar esos hábitos tan bienintencionados y correctos. la verdad es que odio desafinar porque es como darle una victoria en esta guerra imaginaria que seguramente es culpa del patriarcado. ya ni sé si realmente me odia, quizás ni me busca en la pantalla como yo. probablemente no se sintió atravesada por un rayo del destino cuando se hizo evidente que nos cortamos el pelo igual (igual yo soy dramática, entiendo que no es una reacción normal). en una de esas le importa un pico todo lo que tiene que ver con nosotros. es muy posible que yo haya inventado este antagonismo para cargar a otra mis propios reparos. ponerle una voz distinta a mis recriminaciones, volverlas ajenas y así defenderme. estoy obsesionada. quizás tú, improbable lector, te preguntas por qué comparto esto aquí. lo cierto es que no quiero hablarlo con mis amigas porque no quiero que me hagan sentir bien, no necesito eso. no puedo contarle a él porque no soporto la idea de que me compadezca o trate de restarle importancia. estos episodios de obsesión (por suerte, no son frecuentes) son casi catárticos para mí. me juzgo y me desprecio porque soy cruel y egoísta. luego me convenzo de que en realidad no me desprecio, me da lo mismo ser cruel, creo que es correcto ser egoísta. creo que está bien cuestionarse los convencionalismos cuando me conviene, pero abrazarlos y enarbolarlos como límites infranqueables de lo aceptable cuando me sirven. no me importa ser consecuente. estoy casi segura de que ya no soy una buena persona, no sólo por esto, por muchas cosas menos parecidas a una mala teleserie (y menos dignas de ser mencionadas aquí). ya no me da pena verla restarse de cosas por mí. cuando caminamos por el centro no temo encontrarla ni causarle dolor. soy libre y sólo las malas personas lo son, dios me ampare.
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un extraño