el otro día vi morir a un gato. nunca había visto algo tan grotesco. llovía a cántaros, de esa lluvia que te obliga a hablar fuerte para ser escuchada. me subí al auto, encendí el motor y avancé unos metros tras una camioneta roja que iba en la misma dirección que yo. de pronto escuché unos chillidos extrañísimos, la camioneta aceleró y desapareció tras la esquina. entonces vi al gato. saltaba de dolor sobre el pavimento en un paroxismo digno de una película gore, como un pez fuera del agua. la camioneta le había aplastado la cabeza, así que todo el resto de su cuerpo estaba intacto y saltaba como en una cama elástica mientras emitía unos sonidos que sólo puedo describir como un gato muriendo de dolor. de repente me di cuenta de que estaba paralizada, tenía las manos como garras en el volante, no podía moverme. pensé que si no hacía nada y me quedaba muy quieta, quizás podía retroceder el tiempo 30 segundos y el gato estaría ileso. mientras intentaba calmarme, los saltos/convulsiones disminuyeron su altura, los chillidos perdieron volumen y, como si quisiera dejar de molestar, el gato dio un último salto hacia la berma, alejándose de los autos en movimiento. avancé unos metros y estacioné de nuevo. me bajé sin paraguas porque qué sentido tiene protegerse de ese tipo de inclemencia, y me acerqué al gato. aún vivía, pero no podía moverse. tenía la mitad del cráneo aplastado, no podía cerrar su mandíbula y uno de sus ojos estaba totalmente fuera de su cabeza, como un macabro catalejo. era casi insoportable mirarlo, pero sentí que merecía testigos de su pasión y muerte. le apreté una patita y le susurré algo que no recuerdo. murió. la sangre se mezclaba con la lluvia y su pelo se veía extraño, supongo que porque no es habitual ver gatos mojados. me quedé ahí un rato bajo la lluvia, sentí que una muerte tan dolorosa merece compañía. le conseguí una cajita y lo dejé bajo un techo para que un vecino lo enterrara. me subí al auto y emprendí el viaje a mi casa, sin música.
hasta hoy, si cierro los ojos aún puedo ver esos saltos frenéticos y escuchar sus lamentos. más que la muerte, lo que más me acosa es el recuerdo del gato moribundo intentando amilanar el dolor. porque si de algo estoy segura, es que esos saltos no eran de un animal aferrándose a la vida. era un intento desesperado por no sentir.
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un extraño