5 nov 2015

había una vez

el Andrés vivía en el campo. a sus 19 años leía poco y escribía menos, tenia un par de bueyes y compartía casa con su familia en algún lugar con muchos árboles y tierra. no le gustaba mucho la gente, evitaba a los ancianos y le tenía pánico a las canas. su mamá me dijo que nunca le había dado problemas, era tímido pero trabajaba de sol a sol y siempre se preocupó harto de sus animales. de repente lo encontraba hablando solo, o haciendo gestos al aire, pero nunca se preocupó. incluso cuando lo encontró escondido detrás de un arbusto, hablando con alguien invisible, pensó que sólo eran tonteras. creo que se empezó a urgir cuando el Andrés se ensañó con el Santi, un vecino viejo de los alrededores. le decía "mamá, el viejo me hizo unos males", le ofrecía combos cuando lo veía y siempre pensaba que le iba a hacer algo a sus bueyes. la cosa empeoró cuando el Andrés le rogó a gritos que quemara un polerón rojo, "es mi sangre, me va a matar" decía. los ojos se le iban en cualquier dirección y se quejaba de problemas a la vista.

él quiso ir al hospital porque decía que nadie más lo podía curar del maleficio que le hizo el Santi. decía que sus problemas de vista, los demonios que lo acosaban y la sangre que veía eran obra del anciano vecino. lo mandaron al psiquiátrico con un diagnóstico muy poco alentador, pero el Andrés se portó bien. comía sin problemas, aceptaba los medicamentos y no peleaba con nadie. a veces se quejaba de sus problemas de vista, pero fuera de eso todo andaba bien.

una noche cualquiera, los enfermeros jugaban cartas frente a las cámaras de vigilancia. una de ellas enfocaba un dormitorio común, a oscuras, donde dormían seis pacientes. uno de ellos, el viejo Rubén, estaba amarrado a su camilla porque estaba muy sedado y se podía caer. lo habían internado ese mismo día por una descompensación. como en una película de terror, de pronto se abrió la puerta y con la luz que se filtraba del pasillo, uno de los enfermeros vio una silueta alta que entró al dormitorio, caminó resueltamente hasta la cama de la esquina, donde dormía el viejo Rubén, y le masacró la cara a combos. uno, dos tres, cuatro, diecinueve puñetazos después (los conté), entre cuatro enfermeros apartaban al Andrés del cadáver del viejo Rubén. nunca se habían hablado.

meses después, me senté al lado de él en el juicio de medidas de seguridad. dopado hasta la médula, con veinte kilos menos y babeando sin control, el Andrés me parecía absurdamente inofensivo. le di agua a su mamá y le ofrecí pañuelos cada vez que la saliva amenazaba con mojarle la polera. pasaron el video de las cámaras de seguridad y las juezas soltaron chillidos de espanto. cuando terminó el juicio, le ofrecieron la palabra al Andrés, por si tenía algo que agregar. él las miró con curiosidad y dijo "él me robó mi fortuna, no me cumplió como hombre. por eso lo maté".

luego de unos días, fuimos a escuchar cuántos años debía pasar internado en el psiquiátrico. él lloró un poco cuando escuchó que eran 7. yo le expliqué que si se mejoraba antes, podía salir en menos tiempo. él me agradeció y se levantó para que se lo llevaran. le deseé suerte, "espero que te mejores" le dije. él me respondió "tengo problemas de vista", y se fue.

1 comentario:

un extraño