la Claudita siempre fue una niña seria. Ella cuidaba a sus hermanos menores como si fuese su madre. Le sacudía la tierra a Gonzalito de la ropa, le limpiaba la comida de la cara a la Pauli. Con el pasar de los años, le tapaba los oídos a Gonzalito y le cantaba a la Pauli para que no escucharan los gritos de la cocina. Un tiempo después, Gonzalo encontró una polola (otra Claudia que lo cuidara) y la Paulina se encerró en su simpática e impenetrable soledad. La pobre Claudita se quedó sin nadie a quien proteger y cayó en la cuenta de que era hora de tener a alguien para cuidar siempre. Así tuvo dos niñitas, no tan frágiles como sus hermanos, pero bastante frágiles como para inventarles cuentos y cantarles dulces arrullos de noche. Les inventó poemas, les relató historias llenas de magia y las llevó a teatros fastuosos donde la música no era un acompañamiento, sino la historia principal. Quería tanto a sus niñitas que le dolió en los huesos ver cómo la más chica lloraba todos los días. Le había puesto tanto amor a sus días que no podía entender la tristeza de su guagua. -Mamá, ya no quiero vivir, me siento sola y mi casa no es un hogar-. Le decía la pequeña. La Claudia no sabía qué cresta había hecho mal, su guagua tenía más pena que ella misma en sus días más oscuros; y se había esforzado tanto por hacerla feliz y le había comprado tanta ropa bonita. -Mamá, la cagaste, por tu culpa mi hermana no tiene un hogar y se quiere morir-. La pobre Claudia se hundía en un remolino de caca. Hasta su hija mayor (en quien siempre había visto algo de su propia compasión) la culpaba por las desventuras de su guagua. ¿Qué parte de su propia historia le pesaba? ¿Estaba condenada a ser recordada más por sus buenas intenciones que por sus huellas de risa?. Decidida a no repetir los pasos que ya le estaban tirando de los pies, cambió el esquema e inventó nuevas canciones. Volvió a contarle cuentos a su guagua, ahora de personas más grandes con finales un poco más complejos (pero no menos felices). Reencantó a las niñas con la ópera, pero ahora no estaba en el público, sino en el coro. Le declamó algo de Enrique Lihn a su hija mayor y volvió a cantar por las noches, boleros en vez de arrullos. Así como la ciencia descubre nuevas vacunas, la Claudita encontró nuevas formas de cuidar a los suyos y nuevas formas de acariciar la frente. Ante la vorágine de los días y las nuevas responsabilidades, los desamores y las frustraciones; mi mamá siempre ha encontrado la forma de ser la primera palabra y el abrazo más reconfortante. Heroína de música y maga de palabras dulces, el único hogar que todos querrían tener.
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un extraño