25 feb 2014

chiquitita





Esta canción me da pena porque me acuerdo de cuando mi hermana se fue a vivir a Francia. El día antes, ella metió de cualquier forma todas sus cosas en una maleta, en el living de nuestro departamento. Yo la miraba desde el sillón y nos reímos como si fuésemos pendejas de nuevo, porque se le veía el poto. Me acuerdo que hacía mucho frío, estaba oscuro, nevaba y yo tenía pena, como que me reía con ella superficialmente, le dije que iba a estar bien y sonreí harto, pero cuando ella iba al baño me caían lágrimas egoístas. Este era su ringtone, y recuerdo haber pensado que era una canción muy triste y nadie debería escucharla tantas veces al día, pero mi hermana es así. Como que siempre está triste debajo de todo. Se ríe, a veces habla harto, baila ridículamente y me abraza cuando tengo pena, pero en el fondo siempre está triste. Me encantaría cuidarla siempre, decirle que no tiene por qué ser tan fría con el mundo, que nadie le va a hacer más daño y que su pieza no es tan chica; como que la intensidad y persistencia de su pena me hacen sentir impotente e insignificante. Esa tarde pensé que era una mierda tener tanta pena y tener que sonreírle igual y reírme igual. Después pensé que ella probablemente vive así todos sus días, o al menos muchos días de muchas épocas. Y puta, sería bacán verla de nuevo feliz de verdad, como cuando éramos chicas y nos perdíamos en la selva del sur, cuando escalábamos árboles inmensos y hacíamos castillos de barro en los que cabían todos los niños de la cuadra. A veces, ella me pedía que yo le leyera cuentos ("Pacita, léeme", me decía), y yo tomaba los libros al revés y le inventaba historias imposibles hasta que se quedaba dormida. Ahora, con suerte me deja verla llorar a veces, cuando se le acaba el vino o cuando es muy tarde en la noche y no puede dormir. Sólo en esas raras ocasiones abre un huequito entre sus muros inexorables y me deja ver y abrazar a la niñita que guarda entre tanto tatuaje y decepción. Mi guagua, era tan chica que se escondía en el canasto de la ropa. A veces, cuando voy a dejar mi ropa, abro el canastito casi con la esperanza de que asome sus ojitos enormes y su nariz de punto; casi con la esperanza de que leerle una historia inventada sea suficiente para hacerla dormir tranquila. Así que le inventé esta historia, con el teclado al revés y pena bien adentro. Para ella, una sonrisa, una lamparita, el mundo y mi corazón.

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