Es exactamente ese momento del día en que no se sabe si es día o noche. Un par de minutos en que no se está bien sólo con las cortinas abiertas, pero prender las luces parece una exageración. Si estuviera comiendo con mi mamá, ella diría que en cualquier momento muerde el plato y nos reiríamos. O prenderíamos las luces con la sensación de que es un poco ridículo. Pero mis papás no han llegado, y yo estoy sola. Sentada en el sillón del living, sin zapatos, rodeada de un montón de libros con palabras feas y una tele prendida en algún lugar de la casa. La única luz que no viene de afuera es la de la pantalla del notebook, los muebles empiezan a agrandarse, las ventanas se vuelven chicas y el tic tac del reloj es demasiado fuerte. Mis papás van a llegar en cualquier momento y van a entrar como un torbellino de sonidos de calle (zapatos, telas en movimiento), me van a preguntar (en volumen demasiado alto para mi gusto) que por qué no he cerrado las cortinas, por qué no he prendido las luces, por qué tengo todas las ventanas abiertas, por qué está prendida la tele en mi pieza, si ya comí, y mil preguntas más que parecen groseramente invasivas. Yo no les voy a decir que estaba tomando aire (porque sí se puede tomar aire dentro de la casa, pero sólo en este momento del día), tampoco les voy a decir que estoy escribiendo aquí, y que los libros a mi alrededor son meramente decorativos (por ahora), ni tampoco les voy a decir que a veces, en ese momento del día que se está yendo, cualquier movimiento, cualquier cambio en el paisaje, implica un esfuerzo que no estoy dispuesta a hacer. Porque en la inmovilidad de esta oscuridad cada vez menos ambigua y más intensa, a veces encuentro algo (alguien) que parece cada vez más lejos. Mierda. Se hizo definitivamente de noche, empezó a correr viento helado y escucho el motor del auto abajo.
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un extraño